Go to Top

Núria García, guanyadora del premi nacional de contes Fundació Mainel

Potser no recordi l’instant en què em vaig veure lligada a escriure… el que és segur és que és la meva manera particular de ser feliç. Tot i així, sí record que fou un dijous, a la classe de castellà farà escassos dos mesos, quan realment vaig veure l’oportunitat de mostrar la meva inquietud: el XVI premi de contes de la Fundació Mainel amb el tema “Què demanes tu al mil·lenni?”. Després de pensar-ho molt em va venir la inspiració: un bitllet. La idea prenia forma.

Aprofitava qualsevol moment per escriure, fins i tot els trajectes en autobús! Presentar el meu relat no fou tan fàcil com imaginava: vaig haver d’enviar la carta amb el conte per Paquet Exprés, per un error de correus no van trobar l’adreça, me’l van retornar… Tot i així, no vaig desistir i finalment el relat va arribar al seu destí!

Em vaig assabentar que havia guanyat en acabar un examen de matemàtiques. Una alegria immensa, inexplicable! Propera aturada? El lliurament de premis a València. Estic molt il·lusionada per seguir escrivint i espero que tots els que us animeu a llegir el relat gaudiu amb ell tant o més (tot i que sembli impossible) del que he gaudit escrivint-lo.
Núria Mª García Dopico, 2n de batx

 

“Abre los ojos”

Querido Max,

No puedo soportarlo más. Puede que solo se traduzca en estas líneas la amargura que tú mismo sembraste: tus obsesiones, tus paranoias y miedos absurdos… ¿Sabías que en todo este tiempo mantenía la esperanza de recuperar a ese chico rubio ceniza que me marcó? Tu superficialidad te ha abducido. Tu obsesión por el dinero ha teñido de gris la personalidad más maravillosa del mundo. Tienes éxito en tu profesión, dinero, proyectos y, aún así, al llegar a casa hallo un ser triste y taciturno, un tanto amargado, pálido, consumido por el trabajo y la ambición de poseer más, que me hace sentir cada día más pequeña e impotente ante la imposibilidad de despertarle de este infierno de cifras que se multiplican en el que él mismo se ha exigido permanecer. Quizás, lo peor de todo sea que sigo enamorada de ti, de aquel chico noble, sencillo, ajeno al bullicio de la ciudad, alegre, detallista y solidario que solías ser, pues sé que en realidad, en una parte de tu corazón sigue existiendo. Ya sé que ahora, cuando aparentemente no queda ni una de esas virtudes “me puedes compensar”. Un anillo, un viaje quizás, el primer capricho sonado que te de la impresión que pueda hacerme “la mujer más feliz del mundo”… ¿Sabes que la felicidad no se mide en ceros?

Empezaste en tu profesión para cambiar el mundo y, siento mucho decirte que lo único que has cambiado es a ti mismo. Por ello, me duele profundamente decirte que me voy. Lejos. No me busques. A permanecer codo con codo con aquellos que realmente lo necesitan, ya que ésta sí es mi filosofía de vida, y no la que se me ha impuesto los últimos meses.

Sonia.

El reloj digital que coronaba la mesa de mi anodino despacho marcaba las ocho de la mañana con aquella luz roja, incisiva y aborrecedora, que me provocaba dolor de cabeza. Rectangular, extremadamente comercial, con un diseño innovador, ligero, simple, sobrio. De una impersonalidad que rozaba el absurdo, como todos los elementos de aquel despacho en el que malgastaba la mayor parte de mí. De mi tiempo, de mi vida, de mis ilusiones… ¿Aún las conservaba? Podía decirse que no. Los días transcurrían sin ninguna novedad, encerrado entre aquellas cuatro paredes, donde pasaba las horas estudiando las rentas de la mitad económicamente estable de la ciudad, mientras ésta permanecía sumida bajo un manto de tonalidades grises, tristes y difusas. Los copos de nieve iban adornándola, lentamente, con tristeza, con desdén, dotada de una pizca de amargura. Puede que ésta la aportara yo.

Amanecía otro fatídico martes. Odiaba los martes más que cualquier otro día de la semana, que ya es decir. Puede que mi odio hacia ellos se hubiera acentuado desde que ella decidió marcharse hacía ya tres semanas… puede que con razón. Conocía mi odio irracional hacia ellos y lo aprovechó. Puede que con motivos: me había vuelto demasiado orgulloso como para reconocer que la echaba de menos. Recuerdos fantasiosos volaban en el aire cuando el tono de llamada de mi Smartphone de última generación me despertó de mi abstracción. Al otro lado de la línea, mi secretaria explicaba exasperada como sus mellizos habían enfermado, como siempre, a la vez y excusaba su tardanza. Me dispuse a continuar, pues, con mi trabajo. Trabajo acumulado, crispación, cansancio, cuentas que no cuadraban… café. Solo necesitaba un humeante café.

Salí de mi despacho y descendí los siete pisos que me separaban del mundanal ruido en ascensor. Una vez en la calle los frenazos se entremezclaban con los cláxones de los coches de aquellos que llegaban tarde a sus citas mientras los viandantes chocaban entre ellos, con prisa. Caminaba rápido, sin detenerme, cuando vi de reojo los titulares expuestos en el pequeño quiosco que había permanecido en el mismo sitio desde que tenía uso de razón. “Crisis financiera hace tambalear el estado de bienestar”. “Hallado un nuevo caso de corrupción”. Y como aquél, mil más. Me aburrían. Ya no nevaba pero el cielo seguía luciendo su tono blanquecino. En la cafetería, siete personas se sentaban solas en mesas diferentes, cada una con un ordenador. En la misma estancia, una pareja joven que debiera estar compartiendo un desayuno alegre permanecía mirando fijamente las pantallas de sus teléfonos, mientras el humo del café y las ganas de verse se desvanecían en el aire. En soledad se extrañarían pero desaprovechaban la oportunidad de mirarse a los ojos. Pedí mi café para llevar y salí del local.

Una vez en el exterior barajé la posibilidad de regresar al despacho, aún a sabiendas que no sería capaz de concentrarme en nada. Me senté en un bordillo cercano, manchando de polvo mi carísimo traje azul marino. ¿Qué era lo que deseaba hacer? Nada en absoluto. Me parecía perfecto quedarme ahí, observando el trajín de la gente, los coches, bebiendo un café que no sabía a nada. Me había convertido en el perfecto observador imparcial que se sienta a ver como su vida transcurre sin ser capaz de cogerla y hacerla, de nuevo, suya. O eso creía.

  • Los hay que no tienen nada teniéndolo todo, ¿verdad? – me sorprendió una voz cercana, deteniendo el tiempo en aquel instante-.

Dicha voz emanaba de un ser que acababa de sentarse en aquella acera, a mi lado. Un ser… ¿Cómo describirlo? Peculiar. Desaseado, vestido con despojos de unas telas hechas jirones y con el pelo revuelto, permanecía allí, en aquel preciso instante con una de las pocas preguntas que me veía en la imposibilidad de contestar. Unos pequeños ojos color miel, hundidos en valles de arrugas me miraban enigmáticos, magnéticos, curiosos. No era la clase de gente con la que estaba acostumbrado a tratar. No parecía vivir en la calle pero tampoco podía asegurar que tuviera casa. En su mano, un vaso de papel idéntico al mío. Solo que el suyo contenía alguna que otra moneda. Un mendigo.  Su presencia me incomodaba. Un hombre, en resumen, de pocos recursos, extraño y, por lo que pude comprobar, un tanto entrometido. “Tiene usted una de las miradas más vacías de esta gran ciudad” me dijo con sus extremadamente expresivos ojos, logrando que me sintiera el hombre más pequeño del Universo.

  • Cuéntame, amigo, a que se debe esa tristeza. – Prosiguió con su mirada cálida y amigable, intentando sanar aunque fuera un poco mi alma herida.
  • La tristeza, se debe a la vida. Y diría que usted y yo no somos amigos.
  • Debe ser usted un hombre muy afortunado… con los tiempos que corren, pocos son los que ofrecen amistad. Debe tener muchos amigos, para ir rechazando a aquellos que se la ofrecen.
  • No… no tengo muchos amigos. –dije, un tanto afligido y avergonzado-. Pero tampoco se puede decir que los necesite. Aquél capaz de tener ambición y mantener intacto su orgullo no suele necesitarlos. Siempre he tenido mucho orgullo, y gracias a él, éxito.
  • ¿Seguro? Vaya una pena, otro cosmopolita recién salido de la fotocopiadora mediática, un nuevo borrego social obsesionado por el éxito. La cosa promete.  Te pregunto pues, ¿qué es para ti el éxito? ¿Realmente puedes decir que eres alguien, no orgulloso, sino de quién se pueda estar orgulloso?

Silencio. No me gustaba la situación. Mantén la calma, me dije. ¿Quién se suponía que era ese hombre para desestructurarme la mente? Por supuesto que era alguien exitoso. Estaba claro. Empecé de cero, becario con gafas de culo de vaso, hasta llegar a dirigir mi propia empresa operado de miopía, con una nueva virtud: la picardía. Escalé posiciones. Tenía un objetivo y lo logré. Y eso era todo. No necesitaba nada más y así se lo expliqué al enigmático hombre.

  • No te discuto que hayas sido alguien ambicioso, y hasta hace poco has sabido canalizar esa ambición. Podría decirse que estás en la cima pero… ¿Hay alguien ahí contigo? Me refiero que las vistas siempre son mejores en buena compañía.

Un pinchazo. En el alma, ahí donde más duele. Ella. Ella había intentado permanecer a mi lado en todo momento. Basta. No podía permitirme hundirme ante un desconocido. Me sentía cada vez más fuera de lugar. Yo hablando con un mendigo. No sabía cómo, ese hombre, en menos de tres minutos me había calado. Parecía sonreír con la certeza de que sabía en cada minuto lo que iba a ocurrir.

  • Hubo alguien conmigo en la cima, pero decidió regresar al valle. –expliqué con la voz un tanto cortada.-

Era una situación cada vez más absurda. Desazonadora a la par que enigmática, con una pizca de misterio y mucha, mucha inteligencia emocional. Una receta explosiva.

  • Puede que ella, nunca estuviera contigo en la cima, sino que siempre permaneciera en el valle… Puede que el único que descendiera de la cima fueras tú, para buscarla cuando necesitabas a alguien que te empujara de nuevo a escalar… y cuando hallabas de nuevo el camino de subida, volvía a quedarse sola.
  • ¿Cómo sabes que he pensado en ella?
  • ¿Te gusta leer?

Surrealista. Un hombre desconocido era capaz de saber lo que estaba pensando y me preguntaba por mis gustos literarios. Cuánto menos, inquietante.

  • Sí, -dije con exasperación.- me gusta leer.
  • A mí también me gustaba, y me sigue gustando, pero aprendí a leer miradas, expresiones, sonrisas, arrugas y alguna que otra caricia. Son como el alfabeto de las emociones. Las tuyas son un libro abierto.

De nuevo, silencio. ¿Qué podía decir? Me estaba volviendo un blando, un bobo. El misterioso hombre solo era un charlatán, un sofista que se había cruzado en mi vida y decía aquello que tocaba decir. No era normal. Bueno… ¿Qué era normal? Dejé el café a mi lado, ya frío y escondí la cabeza entre las piernas, cubriéndomela casi en su totalidad con las manos, con una mezcla de miedo, inquietud y una pizca de vergüenza. Volvía a ser ese niño que temía a la oscuridad. Posó su mano sobre mi hombro y me dio un sobre. “Volveremos a vernos”, dijo. Se levantó y siguió su camino hacia ninguna parte.

Permanecí unos minutos más asimilando los extraños hechos que se habían producido en poco menos de una hora, desde que abandoné el despacho hasta que me encontré ahí, de nuevo solo, sentado en un bordillo hecho un ovillo, con un sobre inmaculadamente blanco entre mis manos. Me pareció raro que un hombre tan poco cuidado en su imagen presentara un sobre con ese brillo y aspecto pulcro. Respiré hondo y escondí de nuevo la cabeza. Los viandantes pasaban indiferentes a mi lado. Hubiera podido estar sufriendo un ataque al corazón, era raro ver a un hombre trajeado compungido en el suelo de una gran ciudad. Indiferencia, pensé. A nadie le hubiera importado. El único que pareció preocuparse por mi estado fue aquel pobre mendigo del cual no conocía ni el nombre. No me sentía orgulloso de cómo me había comportado con él. Era un maldito martes, tenía que comprenderme. Pero no era yo alguien acostumbrado a pedir disculpas. Me enseñó mi padre a cumplir mis objetivos, pero no me enseñó cómo se deben cumplir. Puede que estuviera sufriendo las consecuencias por primera vez en mi vida. Puede que el mundo entero sufriera en el seno de una sociedad falta de humanidad, dejando pasar los años y consumiéndose lentamente. Pero claro, todo el mundo parecía estar demasiado ocupado como para darse cuenta.

Regresé al despacho y mi secretaria no había dado señales de vida. “Haces mala cara, ¿te encuentras bien?”, me preguntó una compañera en tono agradable. Hubiera podido contestar que no, que no estaba bien, que necesitaba a alguien que me escuchara, pero preferí asentir e ir directo a mi despacho. Una vez allí, dejé el sobre en la mesa, respiré hondo y me propuse seguir con mi trabajo. El reloj marcaba entonces las nueve y seis. Trabajé con un ritmo frenético durante todo el día, pues no quería pensar en nada. Ya había tenido mi dosis de rarezas por día y no deseaba que nadie más se inmiscuyera en mi trabajo. No paré ni para comer.

Cuando se apagó la luz del último despacho del pasillo, la del mío seguía encendida. Tocó a la puerta el señor que se encargaba del mantenimiento y me informó de que me quedaba solo en la oficina. El reloj mostraba ufano las ocho y treinta y seis. Detestaba su luz roja, la luz blanca del flexo de mi mesa y la ausencia de luz del pasillo. Apagué el ordenador y dispuse mis papeles en orden. Fue entonces cuando reparé en que el sobre del misterioso mendigo permanecía en el lugar exacto donde lo había dejado esa misma mañana. Me hubiera encantado decir que me daba igual su contenido, que podía seguir con mi vida sin conocer su interior, pero en el fondo de mi corazón sabía qué a la única persona a la que no se puede engañar es a uno mismo. Cuando hube dispuesto todo cuanto necesitaba para la siguiente jornada me senté en el sillón de cuero y disfruté mirando fijamente el sobre. Me divertía el mero hecho de indagar acerca de su contenido, aún a sabiendas que, probablemente, no contendría nada que me suscitara el más mínimo interés. ¿Qué podría aportarme el sobre de un indigente? Eran ya las diez de la noche y, de forma automatizada, como cada día, se apagaron la mayoría de las luces del despacho, dejando solo la luz de emergencia y alguna que otra del pasillo principal indicando la salida. El abre sobres de plata que me regaló mi madre por mi ascenso contemplaba burlón la escena desde el bote de utensilios de escritorio, con lo que decidí proceder a descubrir el interior del enigmático sobre.

Mis recuerdos de ese instante son complejos. Tan nítidos y a la vez tan difusos, tan reales y con ese inexplicable toque de misterio. No pude más que emitir un ahogado suspiro e intentar comprender que estaba sucediendo. Los ojos, como platos. El corazón, latiendo a un ritmo exponencial. En mis manos temblorosas, medio iluminado por la tenue y prácticamente inexistente luz, brillaba un billete. No un billete cualquiera. Uno morado, uno de los grandes. Impreso con cifras redondeadas y brillantes el número quinientos permanecía decorando la esquina derecha. No alcanzaba a comprender el porqué de aquella situación. Todo parecía sacado del guión de una película macabra: un completo desconocido, aparentemente conocedor de la mayoría de mis emociones, poseedor de la mirada más enigmática que había visto en mis casi treinta años de vida me entregaba a mí un sobre con… ¿dinero? Pude comprobar su autenticidad en la máquina del despacho. ¡¿Entregarme a mí dinero?! ¿Desde cuándo lo necesitaba? Y lo peor de todo… ¿De dónde diantres había sacado un indigente un billete de quinientos? Le di la vuelta y lo que vislumbré en su dorso no hizo más que dejarme boquiabierto. Si cabe, aún más de lo que ya lo estaba. En la cara posterior del billete, escrito con un rotulador negro y letra mayúscula, un tanto agresiva, rezaba el siguiente mensaje: “Abre los ojos”. Con una caligrafía un tanto más cuidada, en la parte inferior derecha podía leerse “Sé el cambio”.

El mensaje me absorbió por completo. Me giré y el espejo del despacho me devolvió la imagen. “¿Quién eres tú?”, pensé. ¿Quién era realmente? Me creía el hombre más rico del Universo… y un mendigo me daba dinero. Todo cobró un ambiente extraño. Desde la ventana veía las luces de la ciudad. “¿Quién eres Max?, ¿Qué haces aquí, solo, amargado, quieto en esta oficina, viendo pasar los coches, viendo pasar tu vida? Tu vida sin ella. ¿Cómo has podido acabar así? ¿Cómo te has permitido llegar a este extremo?…” Preguntas. Una infinidad de ellas danzaban en mi cabeza, sumido en medio de la oscuridad y, por primera vez en muchos meses afloraron todas y cada una de las emociones que había mantenido controladas. La ambición, el estrés, las dudas, la añoranza, la superación, el esfuerzo, las decepciones, la tristeza, la falta que me hacía Sonia, la angustia que me provocó leer su carta, el miedo a fallarle, a fallarme a mí mismo… todas y cada una de esas emociones que el misterioso hombre había sido capaz de vislumbrar a la perfección, desde su alma y mirada noble hasta la mía perdida y fría. Como por arte de magia y a medida que iba reviviendo todas esas emociones reprimidas, por primera vez en mucho tiempo empezaron a rodar lágrimas por mis mejillas. El exitoso, el indestructible e imperturbable Max, tan grande como se creía, estaba ahora hecho un ovillo sollozando bajo la mesa del despacho elegante que él mismo había mandado decorar siguiendo los cánones de la moda del momento. En ese preciso instante, se hicieron ciertas mis sospechas de esa misma mañana: decididamente, era de nuevo ese niño que temía a la oscuridad.

No recuerdo cuánto tiempo permanecí ahí, debajo de la mesa. Solo sé que al levantarme volví a mirarme en el espejo. Lucía un aspecto francamente lamentable: ojeroso, desaliñado, con el pelo revuelto, con el nudo de la corbata desecho, la camisa arrugada y el ánimo por los suelos. Suelo, dónde también se encontraba el misterioso billete. Lo miré. Me miró. Nos miramos. Y todo pareció cobrar sentido de nuevo. Devolví la mirada al deplorable ser que se reflejaba en el espejo y me despedí de él para siempre. El billete dictaba “Sé el cambió” y eso era exactamente lo que tenía pensado hacer.

Llegué al despacho temprano la mañana siguiente dispuesto a cambiar mi forma de hacer las cosas. Reuní a mis empleados y les informé de un nuevo proyecto que tenía entre manos. Entre halagos y sorpresas me despedí de ellos, por primera vez en mucho tiempo, con una sonrisa en los labios. Puede que el billete fuera el toque de atención que necesitaba. Me resultaba curioso que el único elemento de valor monetario que me había provocado felicidad fuera aquél que no hubiera decidido invertir en mí mismo. No tenía la más mínima intención de gastarlo. Para mí, aquellas letras negras, estuvieran sobre el papel que estuvieran valían muchísimo más que los treinta mil céntimos que representaba el papel sobre el cuál habían sido escritas. Pesé a ello, aún me quedaba mucho por descubrir. ¿Por qué a mí? Debía encontrar al mendigo, costara lo que costara. Descendí veloz las escaleras desde el séptimo piso y me dirigí de nuevo a la cafetería del día anterior. Quedé sumamente sorprendido al ver, mientras me iba aproximando, una figura sospechosamente familiar sentada en el mismo bordillo del día anterior, esta vez, con dos idénticos vasos de papel en las manos. Pareció intuir mi presencia, pues se giró, me sonrió con la mirada y me invitó a sentarme a su lado, teniéndome el vaso de café.

  • No sabía con certeza si volverías. No todo el mundo lo hace.
  • ¿Creía de verdad que sería capaz de quedarme con todas esas dudas? –dije sintiendo el billete en mi bolsillo-. Tengo demasiadas preguntas sin respuesta. ¿Qué quiere decir que no todo el mundo lo hace? ¿No he sido, pues, el único en vivir esta experiencia?
  • Demasiadas preguntas, sí. Pero todas a su debido tiempo. Sintiéndolo mucho, aquí la primera pregunta la voy a hacer yo. ¿Cómo te llamas?
  • Mi nombre es Maximiliano, pero todos mis conocidos me llaman Max… ¿Y usted?
  • ¿Usted? Dije ayer que podía ofrecerte mi amistad y lo mantengo. Mi nombre es Otelo.
  • ¿No vive usted en la calle, verdad? –le interrumpí de forma incisiva.- ¿De dónde ha sacado usted este billete? –dije agitándolo con vehemencia-. ¡No comprendo absolutamente nada de todo lo que está pasando…! ¡No es lógico!
  • No todo debe ser lógico en esta vida. Veo que sigues resistiéndote a tratarme de tú. ¿Quieres comprender el porqué? ¿De verdad quieres saberlo? Porque una vez lo sepas, será responsabilidad tuya coger de nuevo las riendas de tu vida, de decidir pensando en las consecuencias de tus acciones. Una vez lo sepas, será la hora de actuar para los valientes y, si mi instinto no me ha fallado esta vez, tú podrías ser uno de ellos. ¿Decides pues, conocer la verdad?
  • Lo decido, asumiendo pues, todas las consecuencias que ello pueda traer.
  • ¿Te vale un cuento como explicación?

Otra sorpresa. Debía haberlo supuesto. Era su estilo. Viendo pero, como se desarrollaban las conversaciones con él, decidí asentir y conformarme con una historia que iba a cambiar mi vida.

  • Había una vez un hombre que amaba a su mujer más que a nada en este mundo. Ella era su rayo de luz, su mar, su primavera. Él, publicista de éxito. Ella, activista de una organización no gubernamental. Como resultado de su amor, concibieron una niña a la que amaron con locura incluso antes de tenerla entre sus brazos. Decidieron empezar juntos un viaje arriesgado, pero hermoso. Ella, impulsada por su deseo de hacer de éste un mundo donde valiera la pena vivir para su hija, abrazó al publicista y le dijo con esos dos luceros que tenía por ojos: “Ven, vamos a cambiar el mundo”. Tenía la sonrisa más bella que puedas imaginar –dijo nostálgico-. Lo dejaron todo. Durante sus meses fuera de casa, la niña iba creciendo en su interior colmando sus días de alegría mientras la hermosa mujer regalaba felicidad a todos aquellos que la rodeaban. En un país seco, árido de lluvias y de recursos, de niños que lloraban por falta de alimento, ella compartía hasta el último pedazo de pan cuando algo se torció. Su hermosa mirada se iba apagando debido a una hemorragia interna. Regresaron de inmediato a casa, donde pudieron salvar al proyecto de su vida… pero los ojos de la hermosa muchacha nunca más volvieron a mirar. El publicista quedó desolado. Solo. Con una niña hermosa que criar, motivo de alegría, pero a la vez con el deber de reponerse del golpe más duro que le podía dar la vida. Sufría en silencio hasta que poco a poco fue recuperando su vida ocultándose en el trabajo; pasaba las horas encerrado en un despacho vendiendo una falsa felicidad que él no podía obtener, ideando canciones pegadizas para promocionar aquellos productos que parecían imprescindibles, cuando lo único que era imprescindible para él ya no iba a volver. No obstante, no todo era tan triste. Su hija era aún más hermosa de lo que cabía esperar. Se había convertido en la más bella de las muchachas. La viva imagen de su madre. Veía en ella sus ojos, su risa, sus gestos, sus sueños. Y era lo único que le hacía verdaderamente feliz.

Silencio. Un suspiro. La mirada perdida en el horizonte. No se veía con fuerzas para continuar. “¿Y qué pasó?” le insté a seguir.

  • Un día la joven iba paseando y fue víctima de una de las experiencias más desgarradoras que puede vivir una persona. Unos desalmados la forzaron… y así como un día se apagó la ilusión de su padre, se fue también la suya. Nunca más volví a ver su mirada inocente.
  • ¿¡Volviste?! ¿Quieres decir que…?
  • Sí, Max. Me llamo Otelo Daniel. Soy publicista. Perdí a mi mujer. Violaron a mi hija, unos seres despreciables le arrebataron ese brillo que tenía en la mirada. Y lo peor de todo es, quizás, que las heridas psicológicas no son las únicas que, por el momento no tienen cura.
  • ¿Qué quieres decir?
  • ¿Has oído hablar del sida?

Me tocó el alma. Me miró con sus ojos sinceros y me pasó un brazo por encima. Le pregunté entonces el porqué del billete, con sumo tacto, no quería herirle.

  • Fue una idea descabellada. Empecé a pensar que el mundo de hoy necesitaba un cambio. Puede que solo necesite que nos miremos con franqueza a nosotros mismos y nos demos cuenta de nuestros errores, que seamos capaces de admitirlos. Por eso me lancé a la aventura de los billetes. He sido el artífice de algunas de las mejores campañas publicitarias de los últimos años. Sin embargo, nada de lo que había ganado podía, de momento, curar a mi hija. Por ello decidí empezar a concienciar al mundo acerca de lo ciegos que podemos llegar a estar. Muchos se levantan cada mañana sin ningún objetivo, duermen y se despiertan sin más hasta que un día duermen para siempre. Otros luchan con toda su alma por un futuro mejor. Tengo una gran fortuna, sí, pero no es lo que quiero. Ella me encomendó una tarea: “Quiero cambiar el mundo”, me dijo… y voy a hacerlo, aunque me deje la vida en ello. Aunque muchos no comprendan como puedo vigilar a las personas que transitan en una ciudad, fijarme en una y proponerme cambiar su forma de ver el mundo hacia mejor. Me tacharían de idiota aquellos que supieran que no regresan muchas de las personas a las que le son entregados estos billetes. Aún así, vale la pena, pues estas personas, sin saberlo, ponen ese “Abre los ojos” en circulación. Solo así puede, y repito que es tan solo una posibilidad, puede que alguien entienda la magnitud de mi mensaje.

Me conmovió. Me emocionó profundamente. Lo abracé y le di las gracias. Le prometí ayudarle en su cometido, cambiar, recuperar aquello que había perdido. Volver a tener lo que siempre había querido. ¡Toda la vida trabajando de finanzas y que poco supe rentabilizar mis emociones!  Pedí su dirección a Otelo, me despedí de él y fui corriendo hasta el cajero más cercano. Sabía exactamente lo que tenía que hacer. Me detuve en el quiosco, esta vez con calma. Me llamaron la atención otros titulares, mucho más esperanzadores. Compré un periódico, de titular “Sigue acentuándose la crisis financiera”, un rotulador negro, una revista, dos sobres y una tira de sellos. Taché el “financiera” y lo remplacé por “de valores”. Era un reflejo más fiel de la realidad. Lo pegué, después de pedir permiso, a la pared del quiosco, a la vista de todos.

Me senté en una de las mesas que había estado observando el día anterior. Todo parecía distinto. Cambié el café por un zumo y empecé a escribir. Pagué gustosamente mi deuda de dos con cincuenta con un billete garabateado. Desde ese instante, todos mis billetes iban firmados con un mensaje rompedor. ¿Idealista? Quizás. Pero… ¿Qué somos más que sueños? Me quedaban dos billetes de los que había sacado. Los más importantes de todos. Garabatee algo en uno de ellos, lo escondí dentro de la revista, a su vez dentro de un sobre y lancé su contenido ilusionado dentro de un buzón de correos. Ya solo me quedaba una última cosa por hacer para empezar de cero.

 

“Mi muy querida Sonia,

Tres semanas. Tres largas semanas sin ti y por fin me atrevo a admitir que te echo de menos… ¡Tanto! Consumido por el orgullo, como tú misma explicabas, me perdí… te perdí. Lo que más quería. Necesitaba que la vida me diera una lección: debía aprender de mis propios errores, tragarme aunque fuera un poco de esa amargura que me consumió. Te quiero. Puede que sea demasiado tarde pero tengo tantas cosas que contarte. Puede que te suene a palabrería, puede que no creas que haya cambiado. Pero lo sé y soy capaz de demostrarlo… ¿Y sabes por qué? Porqué sé lo que quiero: quiero abrir los ojos al mundo, literalmente. ¡Abre los ojos! He descubierto este tiempo que el idealismo es una enfermedad contagiosa y ya va siendo hora de crear una epidemia. Porqué quiero cambiar el mundo… contigo. Por qué sé que éste es el instante. Porqué el futuro empieza ahora. Y, sobre todo, porque sé que eres lo más importante que he tenido y tendré. No pienso perderte otra vez.

Max”

 

En la otra punta de la ciudad, una jovencita hermosa donde las haya abría la puerta a un cartero que le entregaba un gran sobre sin remitente. “Otelo e hija” escrito en letras negras en la parte delantera del sobre. “Papá, hay algo para nosotros” dijo con su vocecilla juvenil, dulce como un canto. Juntos, se recostaron en el sofá y desvelaron el contenido del sobre. En él, una revista de investigación con multitud de artículos interesantes. Entre sus páginas un billete colocado estratégicamente acompañando a un titular: “Hallado un tratamiento experimental contra el VIH”. En el billete, gracias. Con las mismas letras negras que sólo él me enseñó a escribir.

Tres días más tarde dormitaba en el sofá de casa. Sonó el timbré. Latidos. Abrí la puerta. Ésos ojos me miraron. Ésos que tan bien conocía. Y por primera vez, no hicieron falta palabras. Sonó un beso y la vida volvió a estallar en mil colores. Nunca dejaría de ser ese niño que temía a la oscuridad, pero ya nunca más estaría a oscuras. Había descubierto la lección más importante: un alma noble, un deseo, una inquietud, una idea de cambio o una sonrisa son los motores de la luz que ilumina nuestra vida. La vida empezaba en ese instante.